El cáncer de las pseudociencias se ha instaurado en nuestra enseñanza exterminando el ascensor social de la formación pública. Hoy, y más que nunca, vemos cómo la enseñanza ya no garantiza que los humildes puedan alcanzar estudios superiores. En ello ha surgido mucha literatura sobre educación que, o bien critica las pedagogías vigentes, o bien pregona soluciones milagrosas. Quizás vaya siendo hora de simplemente explicar qué sirve realmente para que nuestros alumnos adquieran conocimientos reales y duraderos. Para ello hay quienes dicen que hay que invertir mucho en educación, pero ello no implica inmediatamente ni una mejor calidad educativa ni igualdad social permanente puesto que el problema no es sólo cuánto se invierte en educación, sino el tipo de educación en la que se invierte. Otros hablan de probar diferentes pedagogías, pero la mayoría de ellas ya han sido experimentadas sin demostrar mejoras universales. Puede que a veces las ideas más sencillas devengan las más efectivas. Es decir, lo bueno, bonito y barato existe. Para ello hay que buscar entre los tratados científicos y en la experiencia de muchos profesores, todo ello para darse cuenta de que la enseñanza eficaz no se halla ni en los métodos pedagogistas ni en los modelos de organización escolar, sino en el método científico experimental y en las pruebas y errores didácticos antecedentes. De esta manera nos daremos cuenta de que la enseñanza con eficacia probada resulta muy distinta de la educación con demagogia aplicada.